Grasas en la sangre… el colesterol ¿bueno o malo?

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El cuerpo humano es un prodigioso sistema complejo: tiene unas estructuras ligerísimas, los huesos, que soportan todo el peso de los demás órganos y los protegen. Tiene un sistema eléctrico, el nervioso, que hace llegar las comunicaciones de manera instantánea de un extremo a otro. Por el sistema circulatorio se distribuyen la energía y el alimento necesario para que todo funcione. El sistema digestivo aprovecha hasta la última caloría posible de lo ingerido al tiempo que apura el agua.

Un sistema endocrino regulado finísimamente controla el funcionamiento de casi todos los demás órganos. No contentos sólo con eso disponemos de unos sentidos maravillosos; el ojo es de una perfección como no consigue igualar ninguna cámara moderna, el oído interpreta las maravillas que otros han compuesto, el olfato y el gusto nos hacen disfrutar de la comida o repelerla… Todo ello con un gasto energético muy contenido, dependiendo sólo de fuentes renovables, de las cuales podemos aprovechar casi todas, y generando un bajo porcentaje de residuos también biodegradables.

Ese portento incluye de serie unos mecanismos de mantenimiento y autoreparación. Nada de obsolescencia programada, nada de caducidad en breve. Hay unos límites de uso, claro, pero ni comparación con las máquinas que fabricamos.

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El mantenimiento pasa por la renovación continua de las células que componen las fibras, órganos y tejidos de las distintas partes del cuerpo. De promedio, cada seis meses, han cambiado todas. El proceso de envejecimiento hace que esa tasa de renovación disminuya y se produzcan errores poco a poco.

Para renovar las células hacen falta energía y materiales que llegarán por la sangre, disueltos en el plasma o trasportados por los glóbulos rojos. De tal modo que un análisis de sangre nos permite observar de modo normal un elevado número de sustancias que se aportan a las células o se retiran de las mismas: Oxígeno y monóxido de carbono, glucosa y otros pequeños carbohidratos, electrolitos como el sodio, potasio magnesio, cloro y otros cuantos más, aminoácidos y entre otras cosas más, algunas grasas.

Al fin hemos llegado al meollo del asunto. Una de esas grasas, la más conocida y demonizada es el colesterol, del cual se llegan a distinguir fracciones buenas y malas. ¡Ay, pobre! Parece que tienen la culpa de casi todo cuando es indispensable para construir la cubierta celular, el elemento que contiene las distintas partes de la célula, que no sólo la separa del exterior y de otras células sino que sirve de mecanismo de trasporte, le da forma a la célula, la defiende y garantiza su integridad.

Entonces, ¿por qué tan mala fama?

Bueno, el colesterol es tan necesario para el organismo que el laboratorio de a bordo, el hígado, lo produce en cantidades importantes. De modo aproximado: el 10% (sí, diez por ciento) del colesterol en nuestra sangre viene de lo que hemos comido. Y el noventa por ciento restantes, casi todo, lo ha fabricado el hígado para asegurar que no cese nunca la tarea de renovación celular por falta del principal elemento de construcción. Con la edad puede llegar a aumentar de modo desordenado la producción hepática de colesterol.

Pero – aquí aparece el “pero”- esa abundancia puede hacer que parte se pierda por el camino y se acumule donde no debe; en la pared de las arterias. Esto tiene dos efectos a largo plazo: el engrosamiento de la pared hace que la “luz” de la vía, el espacio para discurrir la sangre sea menor y la elasticidad de la arteria disminuya. Ambas situaciones producen un aumento del riesgo de accidentes cardiovasculares (ACV): infartos e ictus, primera causa de muerte en nuestro país y en casi todo el mundo desarrollado.

No todos los ACV se deben al colesterol, ni todo el que tiene el colesterol elevado va a sufrir un ACV, pero sí tiene más riesgo.

El tratamiento pasa por pedirle al hígado que deje de fabricar tanto colesterol y para eso disponemos de unos magníficos fármacos: los inhibidores de la  3 hidroxi-metil-glutaril coenzima A reductasa, un poco más resumido: HMG-CoA reductasa. ¡Toma palabro! Para los amigos; las estatinas.  Las comercializadas: lovastatina, simvastatina, fluvastatina, atorvastatina, rosuvastatina y pitavastatina difieren en cuanto a potencia y efectos secundarios: cuanto más modernas más potentes (mayor reducción de colesterol) y menos efectos secundarios. ¿La dosis? Su médico la decidirá en función de cuanto quiere que baje su colesterol.

Estudios recientes (Mayo 2015) dicen que no hay relación directa entre la cantidad de colesterol ingerido en la dieta y el que circula por nuestras venas. Así que no hay por qué limitar la ingesta de huevos o de embutidos. Y menos si ya toma una estatina y tiene el colesterol controlado.

Otro dato curioso: en la zona mediterránea tenemos mayores tasas de colesterol que en los países anglosajones, pero nos morimos menos de los ACV.

¿Los remedios naturales? Hay de dos tipos;

Fitosteroles. Rebajan muy escasamente el colesterol. En mi opinión, sirven para llenar la cuenta de algunos fabricantes de yogures y calmar alguna conciencia, pues con lo poco que bajan o no tienen efecto clínico o no eran necesarios.  No deben ser tomados por pacientes diagnosticados y que usen estatinas pues anulan los efectos beneficiosos y potencian los perjudiciales de las mismas.

Monacolina del arroz de levadura roja. Casualmente la monacolina que es otro nombre por el que se conoce a la lovastatina, la primera estatina. Parece que el extracto de arroz de levadura contiene varias monacolinas lo cual hace que, aun a baja dosis, sea efectivo para excesos de colesterol no demasiado elevados. Ojo; no se debe usar junto a estatinas ni a cambio de las  mismas. Se recomienda su uso en pacientes que empiezan a tener colesterol elevado.

José Ramón García Soláns
Farmacéutico comunitario
Zaragoza

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